La norma legítima del país es la Ley para los judíos.

Toda minoría en un país se enfrenta al conflicto entre sus propias normas y las del estado en el que reside, y al grado de lealtad que tiene que mantener con sus leyes, ciudadanos, y autoridades. A veces, cuando la minoría no goza de los derechos de la mayoría pero sí sus obligaciones, o cuando el peso de esas obligaciones es desproporcionado, ese conflicto se agudiza. En otros casos, en situaciones de conflictos jurisdiccionales, las minorías son usadas como moneda de cambio o maltratadas por las partes en pugna.

Los judíos no tienen por qué preocuparse en un país gobernado democráticamente, y donde impera la ley y la estabilidad institucional. Pero sí, deben leer el mapa político cuando se intenta imponer la anarquía, el desgobierno, la ausencia de autoridad y el vacío legal. No más, pero no menos, que cualquier sector social temeroso de ser convertido en chivo expiatorio para disimular los fracasos de la conducción y su irreversible tendencia al autoritarismo.

Las comunidades judías han sido y siguen siéndolo en todos los países de su residencia, leales, que no sumisos, a las instituciones que gobiernan las naciones. Los judíos que habitan en el territorio español constituyen una minoría cuyos miembros gozan de los mismos derechos que el resto de los ciudadanos a partir de la Constitución española de 1978, actualmente en vigor, que declaró a España como un estado aconfesional. Sus organizaciones comunitarias y religiosas están reconocidas y protegidas, mientras cada judío en España es libre de militar en partidos, apoyar opciones políticas o acceder a ser representante electo o trabajar en cargos públicos sin restricción.

Mucho antes de la destrucción por Roma la nación de los judíos (celebrada con la emisión de la moneda, “Judea capta est”), la normativa que debe regir la vida judía en los países de acogida, se inspiró en el profeta Jeremías, nacido en Anatot, Judea, en el año 650 a.e.c. Este profeta envió una carta a los cautivos hebreos cuyo texto aparece en las Escrituras en el capítulo 29 del libro que lleva su nombre y que decía: “Estas son las palabras… a los ancianos que habían quedado de los que fueron transportados, y a los sacerdotes y profetas y a todo el pueblo que Nabucodonosor llevó cautivo de Jerusalén a Babilonia… Decía: “Así ha dicho Dios de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Dios; porque en su paz tendréis vosotros paz”.

Una lectura entre líneas de las palabras del profeta contesta a todos quienes acusaron y siguen acusando a los judíos de una voluntad de deslealtad hacia sus naciones adoptivas. Ordenaba, aceptar las normas del soberano, y tratar de vivir normal y normativamente. El último versículo es más que gráfico: “procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Dios; porque en su paz tendréis vosotros paz”.

De allí que en las jaculatorias pidan hasta el día de hoy por el bienestar de la nación donde residen y de sus soberanos. Y, no dejaron de rogar e implorar por ese bien ni siquiera cuando fueron perseguidos despiadadamente.

Los sabios del Talmud establecieron la regla “la ley de la nación es la ley para los judíos”. Este principio se convirtió en una norma religiosa vinculante. Su aplicación lleva a la comunidad judía a buscar el bienestar del país de acogida, y quizás la historia de Inglaterra a partir de Cromwell sea el mejor ejemplo, o la de Holanda en sus guerras de religión contra España. Los judíos cumplían lo que había proclamado el profeta, cuando en sus corazones tenían un profundo agradecimiento hacia aquellos países que les permitían vivir integrados sin necesidad de renunciar a sus creencias y formas rituales de vida.

La legislación que ordena “aceptar la ley del lugar” es conocida en su fórmula originaria en arameo, “Dina demaljuta dina“. Esta norma es aplicada cuando se dan conflictos de leyes, entre la que rige a los judíos en sus relaciones entre sí y las normas nacionales. También sirve para guiar el comportamiento de los judíos ante la autoridad civil del estado. En todos esos casos debe prevalecer la “ley del lugar”.

El principio aparece por los menos en veinticinco lugares en el Shulján Aruj, el código legal de obligado cumplimiento para los judíos escrito por Rabí Yosef Caro, cuya familia fue desterrada de España en 1492 e.c., cuando era pequeño, durante la expulsión de los judíos del país. Fue Mar Samuel (aproximadamente 177-257 e.c.), un erudito talmúdico de Babilonia, quien lo defendió en el Talmud. Buscaba el fundamento de la autonomía jurisdiccional de las comunidades judías. La declaración Dina demaljuta dina, aparece 4 veces en el Talmud de Babilonia y es también un guiño a la aquiescencia judía a la autoridad gentil como decisión autónoma independiente del grado de represión que podrían sufrir. Cuando la situación de la persecución en un país era intolerable fueron las propias autoridades religiosas de la comunidad las que señalaban hacia qué países se debía emigrar, pero, no ordenaban la rebelión, la desobediencia ni la insurrección. 

Julio Caro Baroja en su obra Los judíos en la España moderna y contemporánea, Volume 1, nos dice que Bayaceto II, que gobernó como sultán del Imperio otomano desde 1481 hasta 1512, consideró como torpes a los Reyes Católicos por haber expulsado de sus reinos a súbditos tan cumplidores y provechosos. Y, “en efecto en la época de esplendor de sus estados, se pudo observar que, frente a la perfidia o ambigüedad de los estados cristianos, el Gran Turco seguía una política definida aprovechando en cuanto podía las riquezas y conocimientos técnicos de los desterrados”. Y fue, por cierto, en ese destierro compartido en el que los exiliados de los diferentes reinos de la Península Ibérica adquirieron una identidad común sefardí (española), que pervive hasta nuestros días.

Queda claro, por tanto, cuál es la obligación de cualquier judío ante la autoridad civil, sus leyes y las instituciones del Estado. Y es sobre esta base que podemos vigorosa y creíblemente rechazar en nuestro tiempo cualquier acusación de infidelidad o deslealtad. Esas acusaciones no tienen base histórica, social, económica ni política, y son el producto de mentes enfermas de antisemitismo que buscan cualquier excusa para el abuso contra los judíos o su expulsión, tal como hicieron gobernantes de sus países siglos atrás.

Cuando en España se oyen comentarios antisemitas, son absolutamente inexplicables. Ni siquiera, si se desea justificarlos por la ignorancia y la incultura de quienes los expresan, que suelen ser proporcionales a su capacidad de odio. Pero, cuando se dan esas declaraciones, son una señal para permanecer vigilantes con la tradición de ejemplaridad ciudadana que se espera de los judíos en el cumplimiento del ordenamiento estatal, incluso de los aspectos que les disgusten, y el acatamiento de las decisiones de gobiernos legítimos con los que estén individual o mayoritariamente en desacuerdo.

Los judíos conocemos una realidad innegable: los expulsados de España se llevaron con ellos el idioma, la literatura, la música de sus rituales, los manjares, y los sueños de regreso a la tierra que los había masacrado tantas veces y expulsado. Sólo quienes tienen un gigantesco afecto por el lugar de sus antepasados son capaces de semejantes actos amorosos. Y se siguen identificando por el mundo, no como castellanos, aragoneses o andalusíes, sino como sefardíes, término hebreo que significa “españoles“. Es por tanto también un acto de fidelidad histórica el cariño a España y la contribución a su prosperidad.

Ante el conflicto institucional y político que viven los judíos en Cataluña, es nuestra obligación volver a las enseñanzas del profeta Jeremías, del Rabí Yosef Caro y de Mar Samuel para que nos guíen sobre el comportamiento cívico que se debe esperar de los judíos en base a nuestra ética, nuestros valores, nuestra Ley y nuestra tradición.